El otro día, Javier, nuestro profesor de castellano nos envió esta noticia, que previamente vi en la televisión y me pareció muy fuerte. La noticia:

El caso de Hannah Jones, una joven británica de tan sólo 13 años que ha conseguido convencer a los médicos que la tratan para que no le trasplanten el corazón que necesitaría para seguir viviendo, ha conmocionado al Reino Unido.

Según publicó la prensa inglesa, la operación no sería una solución definitiva para Hannah, que padeció una leucemia años atrás, cuyo tratamiento le provocó graves daños en el corazón.

La medicación que necesitaría la adolescente para evitar un posible rechazo del órgano recibido podría hacer que reaparezcan las complicaciones relacionadas con la leucemia.

Por todo ello, la joven decidió rechazar la intervención y expresó su deseo de acabar sus días dignamente, rodeada de sus hermanos Oliver (11 años), Lucy (10 años) y Phoebe (cuatro años).

En casa, Hannah podría recibir los cuidados de su madre, Kirsty, enfermera experta en cuidados intensivos.

En mi opinión, creo que una niña de trece años no tiene la capacidad de decidir cuando puede acabar su vida. Por una parte, la comprendo porque creo que esta niña debe haber sufrido mucho, primero la leucemia que su medicación no es nada fácil y provoca dolor, que esto le causó el problema del corazón y ahora debe estar harta de tantos tratamientos de sufrir y solo quiere aprovechar el poco tiempo que le queda con sus hermanos. Pero, pienso que al menos tendría que someterse a ese transplante de corazón porque también le puede salir bien y así no desaprovecharía su vida y lo intentaría una vez más. Además, con solo trece años, le quedan muchas cosas por vivir, la vida solo se vive una vez y se tiene que disfrutarla al máximo, hay momentos más duros y difíciles pero luego también hay muchas cosas en la vida que al largo de los años van pasando.